Conciencia, ciencia y asombro: cuando la psicología vuelve a dialogar con el misterio
- Ignacio Pérez Cruzat
- hace 4 horas
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Vivimos un momento singular. Mientras el discurso cotidiano parece reducirlo todo a la prisa, el rendimiento y la eficiencia, en los márgenes —y a veces en el centro mismo de la ciencia— comienza a emerger una pregunta antigua, casi olvidada: ¿qué es la conciencia y qué lugar ocupa en la realidad?
En los últimos años, autores provenientes de campos muy distintos han comenzado a tensionar los supuestos más básicos con los que hemos entendido el mundo. Investigadores como Michael Levin, Donald Hoffman, Federico Faggin, entre otros, junto con desarrollos recientes en física cuántica, biología teórica y ciencias cognitivas, están proponiendo algo que hace no mucho habría sido considerado marginal o incluso impropio del rigor científico: que la conciencia no es un simple subproducto del cerebro, sino un elemento fundamental de la realidad.
No se trata de una moda espiritual ni de una renuncia al pensamiento crítico. Muy por el contrario: es la propia ciencia la que, al profundizar en sus límites, se ve obligada a replantear sus certezas.
Cuando la materia deja de ser suficiente
Durante gran parte del siglo XX, el modelo dominante fue claro: la mente es el resultado de procesos neuronales complejos; comprender el cerebro equivale a comprender la conciencia. Este enfoque, conocido como materialismo fisicalista, ha sido extraordinariamente productivo a nivel tecnológico y descriptivo, pero comienza a mostrar límites epistemológicos cada vez más difíciles de ignorar. Sin embargo, este paradigma comienza a mostrar fisuras.
Michael Levin, desde la biología del desarrollo, propone que los organismos no solo reaccionan mecánicamente a estímulos, sino que resuelven problemas, toman decisiones y operan a distintos niveles de organización, como si poseyeran formas elementales de experiencia. Donald Hoffman, desde las ciencias cognitivas, sostiene que la realidad que percibimos no es la realidad en sí, sino una interfaz adaptativa, una especie de icono funcional que nos permite sobrevivir, pero no conocer el mundo tal como es.
Federico Faggin, pionero de la microelectrónica, va aún más lejos al afirmar que la conciencia no puede explicarse desde lo inerte. En su libro Irreducible (2019), sostiene que la experiencia consciente posee propiedades que no pueden reducirse a procesos físico-químicos, y que quizás debamos invertir la ecuación dominante: no es la conciencia la que emerge de la materia, sino la materia la que emerge de la conciencia.
Estas ideas dialogan, de manera inevitable, con los desarrollos de la física cuántica, donde el observador ya no puede ser separado con claridad de lo observado, y donde la noción de una realidad objetiva, sólida e independiente comienza a resquebrajarse. La tensión ya no es solo empírica, sino epistemológica: ¿puede un modelo que excluye la experiencia explicar la experiencia?
En este punto reaparece, de manera sorprendente, una intuición muy antigua: la existencia de un espacio platónico, un ámbito de formas, relaciones o principios que no se reducen a lo material, pero que estructuran lo real. En matemáticas, en física teórica y hoy también en biología y ciencias cognitivas, vuelve la idea de que ciertos patrones existen independientemente de su soporte físico inmediato, como si la realidad participara de un orden inteligible previo.
Jung y la vigencia de una mirada profunda
Para mí, este momento histórico resuena de forma directa no solo con el pensamiento de Carl Gustav Jung, sino también con una tradición filosófica más amplia que parecía relegada: el idealismo alemán. Jung nunca separó radicalmente psique y mundo. En este sentido, el actual cuestionamiento al fisicalismo recuerda, de forma inesperada, a Hegel: la idea de que la realidad no puede comprenderse sin incluir el proceso del conocer, que el sujeto no es un mero espectador del mundo, sino parte constitutiva de su despliegue. Su noción de inconsciente colectivo, de arquetipos, de sincronicidad, anticipa —desde el lenguaje de la psicología profunda— muchas de las preguntas que hoy reaparecen en la ciencia contemporánea.
La sincronicidad, por ejemplo, plantea la existencia de conexiones significativas que no pueden explicarse solo por causalidad lineal. ¿No es esto, de algún modo, un antecedente simbólico de los debates actuales sobre información, correlación y no-localidad?
Jung comprendía que el ser humano no puede vivir solo de explicaciones funcionales. Necesitamos sentido, relato, símbolos que nos permitan habitar el mundo sin reducirlo a un mecanismo vacío.
Qué tiene que ver todo esto con la salud mental?
Mucho más de lo que solemos creer.
Gran parte del malestar contemporáneo no proviene únicamente de síntomas aislados, sino de una crisis de sentido, de una desconexión profunda entre la experiencia subjetiva y la forma en que explicamos la realidad. Cuando el mundo es vivido como algo muerto, externo y ajeno, la experiencia humana se empobrece.
Abrirse al asombro, a la pregunta por la conciencia, no significa abandonar la clínica ni la responsabilidad terapéutica. Significa, más bien, devolver profundidad a la experiencia, permitir que la vida psíquica vuelva a dialogar con el misterio sin caer en dogmatismos ni simplificaciones.
En la clínica, esto se traduce en algo muy concreto: escuchar al otro no solo como un conjunto de síntomas, sino como una conciencia en relación, situada en un mundo que también necesita ser pensado.
Una invitación
No sabemos aún hacia dónde nos llevará este giro en la ciencia y el pensamiento. Tal vez estemos solo en el inicio de un cambio de paradigma. Tal vez muchas de estas hipótesis se transformen o sean refutadas. Pero hay algo valioso en este momento: la posibilidad de volver a maravillarnos.
Para quienes trabajamos en salud mental, para quienes acompañamos procesos humanos reales, esta apertura no es un lujo intelectual, sino una necesidad ética. Recordarnos que no lo sabemos todo, que la conciencia sigue siendo un enigma, puede ser también una forma de cuidado.
Pensar, leer, asombrarse… también es una forma de sanar.


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